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Ciudad dividida

Era de esperarse. Y es que parecía que en la elección iba la vida. Y no debería ser así. Está bien ponerle pasión a los hechos, pero no establecer un acto electoral como una batalla campal en la cual hay que destrozar al enemigo.

 

 

Es cierto que existieron exabruptos, pero desde el poder comunal se debería buscar bajar la tensión. Muchos justifican la actividad del gobierno detrás de un simple razonamiento: “Me quisieron bajar”. Y eso es normal y licito: en una compulsa electoral hay más de una persona que quiere un cargo. Alguien se tiene que ir para que entre otro. Es así de simple.

Quedó en claro que en las primarias no existió fraude alguno porque ahora –que Selva ganó- Ustarroz obtuvo más votos que en aquella elección. Y se recontrafiscalizó la elección, como se insistió en decir. Poco debería importar si existieron acuerdos de cúpulas, esas son afirmaciones incontrastables con la realidad.

Lo importante es cómo se sigue de ahora en más. Y esto es: ¿serán capaces de unirse los sectores en pugna por el beneficio de la sociedad o Mercedes será escenario de una puja constante? En este sentido –mal que le pese- le cabe al intendente tener los gestos dialoguistas. Es el poder quien debe abrir los canales de comunicación y ser generoso admitiendo al caído. Y no a la inversa.

Porque solo así se podrá amputar esta profunda división que se realizó entre quienes no querían Selva y quienes finalmente lo votaron. Por supuesto que en un sistema republicano de gobierno a quien gana la cabe la responsabilidad de definir el destino de la ciudad. Entre estas se encuentra la voluntad o no de sumar a los sectores mayoritarios y minoritarios que no lo acompañaron. Porque darle la espalda –en este caso- al Frente Mercedino para la Victoria, es darle la espalda a cerca de 15 mil almas que se sintieron representadas por sus propuestas.

Dicen los amantes de Facebook que en esa red se puede ver lo mejor y lo peor del resultado electoral. Por un lado la felicidad de quienes triunfaron pero también un profundo sentimiento de venganza. Eso, acompañado con algunos mensajes cifrados que envían dirigentes y pseudo dirigentes a algunos medios de comunicación y conductores de programas periodísticos, demuestra que el resultado electoral –en algunos- hizo ver su peor faceta.

La pasión es buena, es necesaria. Pero el poder debe velar porque no se convierta en fanatismo irracional. Hay que entender que una elección es un hecho cívico importante y que –por más diferencias que existan- todos los actores tienen algo en común: buscar lo mejor para la sociedad. Claro que no hay concordancia entre qué es lo mejor.

Es de esperar que ahora la elección pase al anecdotario popular como aquella que perdió Aguirre por un puñado de votos ante Gioscio, o la otra, la del 99. Pero que las diferentes posturas electorales que tomó parte de la ciudadanía le hagan ver al gobierno que el poder es efímero. Muy efímero. Y que descansa en los ciudadanos que son quienes votan.

 

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